Aranceles, poder y negociación: la política comercial de Trump en América Latina
El segundo mandato de Donald Trump marca un giro en la política comercial estadounidense hacia América Latina. Los aranceles, aplicados de manera selectiva y diferenciada, dejan de operar como un mecanismo puramente económico para convertirse en una herramienta de presión y negociación política. En la región, esta estrategia combina sanciones y beneficios para condicionar comportamientos estatales, redefinir alineamientos y reconfigurar vínculos comerciales. El interrogante de fondo no es solo el impacto económico de las tarifas, sino qué tipo de relación propone Estados Unidos con América Latina y qué margen real de autonomía conservan los países latinoamericanos.
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La política comercial de Estados Unidos hacia América Latina ingresó en una nueva fase desde el inicio del segundo mandato de Donald Trump. El aumento generalizado de aranceles, su aplicación selectiva según el país y su uso explícito como herramienta de presión política marcaron un giro respecto de los enfoques multilaterales predominantes en administraciones anteriores. En este contexto, los aranceles dejaron de ser un instrumento técnico de política comercial para convertirse en un mecanismo central de negociación y ejercicio de poder.
Lejos de limitarse a corregir desequilibrios comerciales, la estrategia desplegada por la administración Trump articuló objetivos económicos, políticos y geopolíticos. La imposición de aranceles se utilizó para exigir concesiones en materias tan diversas como migración, seguridad, alineamientos diplomáticos o incluso disputas judiciales internas de otros Estados. Así, el comercio pasó a funcionar como un instrumento de presión para condicionar decisiones soberanas, redefiniendo la naturaleza del vínculo entre Estados Unidos y sus socios regionales.
Aranceles como herramienta de negociación política
El rasgo distintivo de esta política comercial fue su carácter instrumental. Los aranceles no se aplicaron de manera uniforme ni estrictamente proporcional a los flujos comerciales, sino que respondieron a una lógica selectiva. Países con superávit comercial a favor de Estados Unidos, como Brasil, enfrentaron gravámenes elevados, mientras que otros con déficits significativos obtuvieron excepciones parciales o márgenes de negociación.
México constituye un caso paradigmático. A pesar de estar amparado por el T-MEC, enfrentó aranceles del 25% como mecanismo de presión para reforzar controles migratorios y de seguridad. La negociación arancelaria se desplazó así del terreno comercial al político, transformando compromisos económicos en moneda de cambio para objetivos estratégicos.
Una lógica similar se observó en otros países de la región. Brasil y Colombia enfrentaron presiones arancelarias en contextos de disputas políticas y diplomáticas, que se moderaron tras señales de alineamiento con Washington. El acceso al mercado estadounidense operó así como un instrumento de condicionamiento político.
En paralelo, la administración Trump impulsó acuerdos comerciales bilaterales con un grupo reducido de países latinoamericanos, entre ellos Argentina, Ecuador, El Salvador y Guatemala. Más que una liberalización amplia del comercio, estos acuerdos introducen beneficios arancelarios limitados y condicionados, utilizando el acceso preferencial al mercado estadounidense como incentivo para el alineamiento político. El resultado es un esquema bilateral, flexible y asimétrico, negociado caso por caso.
Impactos diferenciados y márgenes de adaptación regional
El impacto económico directo de esta política fue heterogéneo. En términos agregados, América Latina enfrenta aranceles promedio más bajos que otros socios comerciales de Estados Unidos, lo que moderó los efectos macroeconómicos inmediatos y abrió oportunidades puntuales de desviación comercial.
Sin embargo, esta moderación no elimina los costos estructurales. La incertidumbre asociada a la volatilidad arancelaria afecta la planificación de inversiones y expone la dependencia de varias economías regionales de exportaciones primarias o de bajo valor agregado. Los países más integrados al mercado estadounidense, como México, resultan particularmente vulnerables, mientras que otros cuentan con mayor margen para diversificar destinos comerciales.
Al mismo tiempo, la estrategia estadounidense contribuyó indirectamente a reforzar la presencia de China en la región. Frente a un escenario de presión comercial y condicionalidades políticas explícitas, Beijing amplió su rol como socio económico ofreciendo vínculos más estables y previsibles. En lugar de aislar a China, el esquema arancelario de Trump terminó acelerando su inserción estratégica en América Latina.
Poder, soberanía y dilemas de la estrategia regional
Más allá de sus efectos económicos inmediatos, la política comercial de Donald Trump obliga a repensar la forma en que se ejerce el poder en el plano internacional. Así, el comercio dejó de ser un ámbito técnico para convertirse en un instrumento explícito de presión política, capaz de condicionar decisiones soberanas y reordenar alineamientos.
La respuesta fragmentada de los países latinoamericanos expuso una debilidad estructural persistente: la ausencia de una estrategia regional coordinada. La pregunta central ya no es si la región puede adaptarse a este esquema, sino si será capaz de hacerlo de manera estratégica y colectiva. Sin integración ni una agenda propia, el riesgo es seguir reaccionando de forma defensiva ante decisiones externas, en lugar de incidir activamente en el reordenamiento geoeconómico global.
