El rearme japonés en un contexto convulso

El reciente despliegue de misiles de largo alcance por parte de Japón se inscribe en un proceso de fortalecimiento de sus capacidades de defensa impulsado en los últimos años, en tensión con las limitaciones impuestas por su doctrina pacifista de posguerra. ¿Cuáles son las fuerzas que impulsan este accionar? ¿Qué repercusiones genera en la región del Asia-Pacífico?

POLÍTICA INTERNACIONAL

Santiago Sosa

5/5/20264 min read

El pasado 31 de marzo, Japón desplegó misiles Tipo 25 en la base de Kengun, ubicada al sur de su territorio. Dichos misiles, con un alcance de aproximadamente 1000 kilómetros, suponen una diferencia considerable respecto de los sistemas previamente disponibles, limitados a un radio de acción más acotado, así como permiten alcanzar territorio chino.

Este despliegue se inscribe en un conjunto más amplio de medidas adoptadas recientemente por el gobierno japonés, así como de otras proyectadas a futuro, incluyendo el desarrollo de proyectiles hipersónicos, la adquisición de misiles estadounidenses Tomahawk (con un alcance de 1600 kilómetros) y una duplicación del gasto de defensa, prevista desde la asunción misma de Sanae Takaichi en 2025.

El accionar japonés suscitó preocupación en países de la región, en vistas de que tensiona los principios establecidos en la “Constitución pacifista”. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, dicha Constitución prohibió en su art. 9 el recurso a la guerra y al uso de la fuerza, así como la posesión de fuerzas armadas convencionales, circunscribiendo las capacidades militares del país a la autodefensa.

Con todo, las medidas no han de ser concebidas como un fenómeno aislado, sino en el marco de un proceso más amplio. Ciertamente, en los últimos años, la “cláusula pacifista” ha sido objeto recurrente de reinterpretaciones destinadas a ampliar el alcance de las potestades japonesas en materia de defensa. Dicho proceso se profundizó muy especialmente durante el gobierno de Shinzo Abe (2012-2020), en un contexto signado por la creciente percepción de amenazas externas, y se cristalizó posteriormente en la Estrategia de Defensa de 2022.

Causas y reacciones

Los móviles detrás de estas iniciativas radican en la percepción de un entorno regional concebido como cada vez más complejo, caracterizado por la presencia de conflictos y controversias con vecinos como China, Corea del Norte y Rusia. Al mismo tiempo, dicho escenario se inscribe en una tendencia global de recrudecimiento de la inestabilidad internacional, la proliferación de guerras y una crisis del multilateralismo de larga data.

China y Japón mantienen una relación compleja, signada por la disputa territorial en torno a las islas Senkaku/Diaoyu y por cuestiones históricas vinculadas a los crímenes de guerra cometidos por el segundo durante la Segunda Guerra Mundial, aunque también por la interdependencia económica. El exponencial crecimiento de las capacidades militares chinas y sus frecuentes incursiones en las cercanías marítimas de Japón alimentan una creciente percepción de amenaza en este actor.

El vínculo se ha visto particularmente deteriorado desde diciembre de 2025, luego de que Takaichi afirmara que Japón intervendría militarmente en un escenario que involucrara a Taiwán. Frente al despliegue de misiles Tipo 25, la reacción china consistió en instar a la comunidad internacional a “mantenerse en máxima alerta” frente al “neomilitarismo japonés” y aplicar medidas retaliatorias, tal como hizo también tras las declaraciones de diciembre.

Corea del Norte constituye otro de los factores principales en función de los cuales Japón ha readaptado su política de defensa en los últimos años. Entran en juego, a este respecto, su posesión de armamento nuclear, la retórica discursiva del régimen -que caracteriza a Japón como un enemigo- y al constante lanzamiento de misiles que caen en territorio marítimo japonés o atraviesan su espacio aéreo.

Con relación al reciente despliegue de misiles, Corea del Norte advirtió que Japón podría “cruzar una línea roja” y, de continuar con este accionar, provocar el “hundimiento del archipiélago”.

Finalmente, Rusia -con quien Japón mantiene una disputa de larga data en torno a las Islas Kuriles- expresó su preocupación en torno al “peligroso rumbo que está tomando el país hacia la remilitarización”. Asimismo, señaló que se encuentra evaluando la situación, dejando abierta la posibilidad de desarrollar “las contramedidas necesarias para garantizar un nivel adecuado de la capacidad de defensa de nuestro país”.

En definitiva, el aumento de las capacidades japonesas de defensa pone de manifiesto la convergencia de dilemas de seguridad, dinámicas de equilibrio de poder y percepciones de amenaza en un contexto regional y global convulso. Cabe destacar que Japón detenta una alianza de larga data con Estados Unidos, materializada tanto en una estrecha cooperación estratégico-militar como en la presencia de bases estadounidenses en su territorio.

Por su parte, Corea del Norte se encuentra vinculada a China mediante una alianza militar vigente desde 1961, y a Rusia mediante un esquema de asistencia mutua suscrito en 2024, el cual propició la participación de fuerzas norcoreanas en Ucrania. Frente al apogeo de la disputa hegemónica entre China y Estados Unidos, se ha configurado a nivel internacional la imagen de un “triángulo” o “bloque antioccidental” entre estos tres actores, lo cual implica, desde la perspectiva japonesa, un entorno de seguridad considerablemente adverso.

En momentos históricos de elevada inestabilidad internacional, recrudecimiento de la conflictividad y un retorno a la geopolítica tradicional, el accionar japonés resulta congruente con estas dinámicas y pone de manifiesto la persistencia de la lógica de supervivencia estatal -especialmente mediante el aumento de las capacidades- como principio rector del comportamiento en el sistema internacional.