La grieta en el paraguas: el dilema nuclear de las democracias asiáticas

Tokio ya no descarta lo impensable. En Seúl, la pregunta dejó de ser técnica y pasó a ser política. Ocho décadas después de Hiroshima, el paraguas nuclear estadounidense deja de ser un dogma y empieza a parecer una promesa condicional. Con la región atrapada entre la amenaza norcoreana, la ambigüedad china y la fatiga estratégica de Washington, las democracias asiáticas exploran lo que antes era tabú: defenderse por sí solas, incluso con lo innombrable.

DESTACADOSPOLÍTICA INTERNACIONALIA, INNOVACIÓN Y TECNOLOGÍA

Mauricio Sierra

8/25/20256 min read

El 6 de agosto de 2025 marca el 80º aniversario del lanzamiento de 'Little Boy' sobre Hiroshima. Ocho décadas después, los legisladores japoneses, se plantean debates que hace apenas unos años eran impensables. El tabú nuclear en Japón, arraigado en el trauma colectivo de 1945, comienza a mostrar grietas casi imperceptibles.

No son debates públicos ni declaraciones oficiales. Como señala Junjiro Shida, experto japonés en seguridad nacional, 'el debate nuclear sigue siendo tabú en la sociedad japonesa, pero desde la invasión rusa a Ucrania hemos presenciado una llamada de atención total sobre qué tipo de poder militar adicional poseer'.

Al otro lado del horizonte, Corea del Sur enfrenta el mismo dilema, pero de forma más pragmática y directa que Japón. Con una de las industrias nucleares civiles más avanzadas del mundo y la capacidad técnica para desarrollar armas de destrucción masiva en meses, la única barrera real ha sido la voluntad política, sostenida hasta ahora por las garantías de seguridad estadounidenses. En un mundo donde la política 'America First 2.0’ ha erosionado la confianza en estas garantías, la tentación nuclear crece en proporción directa al sentimiento de vulnerabilidad.

Estos dos aliados históricos de Estados Unidos tienen dos aproximaciones distintas al mismo dilema, y tratan de calibrar la credibilidad del paraguas nuclear estadounidense en una era de creciente inestabilidad global.

¿Los Ángeles, Tokio o Seúl?

La política "America First" de Trump no fue simplemente una desviación temporal de la ortodoxia estadounidense; representó la cristalización de una duda que llevaba años gestándose en Asia: ¿hasta qué punto Estados Unidos arriesgaría Los Ángeles para defender Seúl o Tokio?

La invasión rusa a Ucrania ha servido como un inquietante caso de estudio. A pesar de las garantías del Memorando de Budapest de 1994, Ucrania se encontró sola frente a una potencia nuclear. El apoyo occidental, aunque significativo, tiene límites claros dictados por el temor a una escalada nuclear. Para Japón y Corea del Sur, la lección es clara: las garantías de seguridad son tan fuertes como la voluntad política que las respalda.

La vulnerabilidad se siente de manera diferente en Tokio y Seúl. Mientras Japón mantiene su debate nuclear en círculos cerrados, consciente de su singular historia atómica, Corea del Sur enfrenta su posición como "aliado prescindible" con un pragmatismo descarnado. La diferencia es reveladora: donde Japón ve un dilema moral, Corea del Sur ve un cálculo estratégico.

Esta erosión de la confianza no es producto de un solo evento o administración. Es el resultado de una acumulación de señales: el pivote incompleto hacia Asia, la respuesta tibia ante las provocaciones norcoreanas, la ambigüedad estratégica frente a China, y la creciente percepción de que Estados Unidos, enfrentado a múltiples crisis globales, podría no tener la capacidad o la voluntad de mantener sus compromisos en Asia Oriental.

"Si vis pacem, para bellum”

La paradoja nuclear en Asia Oriental no reside en la capacidad técnica, sino en la voluntad política. Tanto Japón como Corea del Sur poseen el conocimiento y la infraestructura necesaria para desarrollar armas nucleares en cuestión de meses, no años. Esta realidad técnica convive con diferentes aproximaciones políticas y culturales al dilema nuclear.

Japón mantiene desde hace años lo que los expertos denominan una "bomba nuclear en el sótano": 9 toneladas de plutonio almacenadas en su territorio y otras 35 toneladas en Francia y Reino Unido, suficiente material para producir 5,000 bombas nucleares. Esta ambigüedad estratégica no es accidental. Como señalan funcionarios gubernamentales, Japón se beneficia de que sus vecinos, especialmente China y Corea del Norte, crean en esta capacidad latente. La preocupación china es tal que ha exigido a Japón deshacerse de sus reservas de plutonio y abandonar sus planes para un nuevo reactor reproductor.

Por su parte, Corea del Sur, con 24 reactores nucleares en operación, podría desarrollar armas en un plazo muy corto de tiempo. A diferencia de Japón, donde el debate nuclear está limitado por el trauma histórico y múltiples "actores con poder de veto" en su burocracia, el obstáculo surcoreano ha sido puramente político, sostenido por las garantías de seguridad estadounidenses.

La diferencia fundamental entre ambos países radica en cómo gestionan esta capacidad: mientras Japón cultiva una ambigüedad estratégica que le ha permitido lograr cierto nivel de disuasión sin construir armas ni sufrir sanciones, Corea del Sur mantiene una postura más directa sobre su potencial nuclear, reflejando diferentes cálculos estratégicos y contextos históricos.

El punto de inflexión entre capacidad y decisión nuclear en ambos países podría alcanzarse si se dan ciertas condiciones: un deterioro aún más significativo de la credibilidad de la disuasión extendida estadounidense, una escalada en las amenazas regionales -directas o indirectas-, o cambios dramáticos en la opinión pública doméstica. La clave está en que la transición de capacidad latente a programa activo no requeriría superar obstáculos técnicos significativos, sino más bien atravesar umbrales políticos y estratégicos específicos. Esta realidad hace que el equilibrio nuclear en Asia Oriental sea particularmente delicado y dependiente de factores políticos más que técnicos.

El Nuevo Orden Nuclear Asiático

La posibilidad de que Japón y Corea del Sur reconsideren su estatus no nuclear no ocurre en el vacío. Representa una potencial reconfiguración del orden nuclear asiático con implicaciones que van mucho más allá de las decisiones individuales de estos países.

China observa esta evolución con particular atención. Su preocupación por las capacidades militares japonesas se ha intensificado notablemente, como evidencia la respuesta del Ministerio de Relaciones Exteriores chino a la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Japón en diciembre de 2022, donde el portavoz Wang Wenbin acusó a Japón de "desviarse significativamente del camino del desarrollo pacífico". La desconfianza de Beijing se manifestó nuevamente en 2023 durante la controversia del vertido de agua de Fukushima, cuando el gobierno chino cuestionó no solo los aspectos ambientales sino también la gestión general japonesa de sus instalaciones nucleares. Para Beijing, el incremento del presupuesto de defensa japonés -el más alto desde la Segunda Guerra Mundial-, junto con su avanzada infraestructura nuclear civil, representa una combinación preocupante que podría alterar el equilibrio estratégico regional.

Por su parte, Corea del Norte juega un papel paradójico: sus pruebas de misiles y amenazas nucleares impulsan el debate sobre la nuclearización en Tokio y Seúl, mientras que su propia existencia como estado nuclear sirve como advertencia de los costos de romper el tabú nuclear. Los misiles NoDong, capaces de alcanzar cualquier punto de Japón y Corea y potencialmente armados con cabezas nucleares, representan una amenaza directa que alimenta los argumentos a favor de una disuasión independiente.

El futuro de la disuasión extendida estadounidense se encuentra en una encrucijada. La credibilidad del "paraguas nuclear" americano está siendo cuestionada en un contexto donde China fortalece su arsenal nuclear y Corea del Norte continúa su desarrollo armamentístico. Este cuestionamiento plantea un dilema fundamental: ¿pueden Japón y Corea del Sur seguir confiando exclusivamente en las garantías de seguridad estadounidenses?

Las opciones para mantener la estabilidad regional son limitadas pero cruciales. Una posibilidad es fortalecer los mecanismos de disuasión extendida mediante una mayor integración de las capacidades defensivas aliadas. Otra opción implica desarrollar nuevos marcos de control de armamentos que incluyan a todas las potencias regionales. Sin embargo, la opción más desafiante y potencialmente desestabilizadora sería una carrera armamentística nuclear en Asia Oriental.

El fin de una era: ¿hacia un nuevo equilibrio nuclear?

El 80º aniversario de Hiroshima ha llegado y partido, dejando tras de sí un panorama estratégico radicalmente distinto al que sus conmemoradores anteriores conocieron. El tabú que ha contenido la proliferación nuclear en la región durante décadas se enfrenta a presiones sin precedentes. La erosión de la confianza en las garantías estadounidenses, el ascenso de China, y la amenaza persistente de Corea del Norte han creado una tormenta perfecta que podría transformar el paisaje estratégico asiático.

Japón y Corea del Sur se encuentran en una encrucijada histórica. Sus capacidades nucleares latentes, cultivadas durante décadas bajo el pretexto civil, representan una espada de Damocles sobre el orden nuclear establecido. La pregunta ya no es si tienen la capacidad de convertirse en potencias nucleares, sino cuánto tiempo más podrán -o querrán- resistir la tentación de cruzar ese umbral.

En las dos capitales asiáticas resuena una pregunta inquietante: ¿Será esta la última generación de japoneses y surcoreanos que viva bajo el paraguas nuclear estadounidense, y estamos presenciando por tanto los primeros pasos hacia un nuevo orden nuclear en Asia Oriental?