Tailandia-Camboya: el conflicto que evidencia las limitaciones de la ASEAN

El reciente conflicto entre Tailandia y Camboya es el último de una serie de eventos que han expuesto las debilidades estructurales de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). Aunque la organización logró mediar un alto al fuego, su respuesta inicial fue pasiva y dependiente del liderazgo de turno. Esta situación ha puesto nuevamente en jaque la credibilidad de la ASEAN como garante de la paz regional, abriendo la puerta a que potencias externas asuman roles protagónicos en la gestión de crisis regionales.

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Agustina Acosta

8/22/20254 min read

Desde el estallido de un nuevo episodio de violencia entre Tailandia y Camboya han muerto más de 30 personas. Aunque el conflicto tiene raíces en reclamos históricos, este vuelve a poner en tela de juicio los principios fundacionales de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). No es un caso aislado, sino un nuevo ejemplo que evidencia las limitaciones de las instituciones regionales para garantizar la paz y responder de forma efectiva ante crisis internas.

Una organización paralizada por su propio diseño

La ASEAN, fundada en 1967, se ha posicionado durante décadas como el principal foro de diálogo en la región asiática. Su funcionamiento se sustenta en dos principios centrales: la no injerencia en los asuntos internos de sus miembros y la toma de decisiones por la vía del consenso. Estas normas buscan mantener una coexistencia pacífica y resolver disputas mediante el diálogo, ya sea bilateral o en instancias multilaterales de carácter consultivo. No obstante, la historia reciente muestra que estos principios, lejos de garantizar estabilidad, han limitado severamente la capacidad de la organización para actuar ante crisis de magnitud.

El reciente conflicto entre Tailandia y Camboya ilustra con claridad esta contradicción entre el rol de la ASEAN como garante de paz y su inacción en situaciones críticas. Lo que comenzó como un movimiento de tropas cerca de templos antiguos escaló rápidamente en enfrentamientos armados, con más de 30 personas fallecidas y miles de desplazados. Frente a esta situación, la reacción inicial de la ASEAN se limitó a un llamado a la “máxima moderación” y al retorno a la mesa de negociaciones. Posteriormente, Malasia, como Presidencia de turno, logró facilitar una ronda de conversaciones en Kuala Lumpur que condujo a un alto al fuego. Aún así, la respuesta institucional fue débil y se redujo a gestos diplomáticos, revelando los efectos paralizantes del principio de no injerencia que rige su diseño.

Un patrón de inacción que mina su credibilidad

La pasividad mostrada frente al conflicto entre Tailandia y Camboya no constituye una excepción, sino que forma parte de una trayectoria más amplia de incapacidad institucional para responder ante crisis graves. Aunque la ASEAN cuenta con mecanismos formales de resolución de disputas (como el Consejo de Alto Nivel previsto en el Tratado de Amistad y Cooperación), la mayoría de ellos nunca han sido activados. Esto se explica en gran parte por el principio de consenso: todas las decisiones requieren el aval de los diez Estados miembros. En la práctica, esta regla, pensada para preservar la unidad, ha terminado por bloquear cualquier intento de acción colectiva significativa.

Entre los antecedentes más notables, se encuentra la disputa entre Tailandia y Camboya por el templo de Preah Vihear entre 2008 y 2011, que derivó en varios enfrentamientos armados. La ASEAN no logró intervenir de manera efectiva y la resolución del conflicto llegó recién en 2013 tras un fallo de la Corte Internacional de Justicia. El hecho de que dos Estados miembros buscaran una solución fuera del bloque revela la desconfianza en sus propios mecanismos. De manera similar, la crisis de Myanmar en 2021 también evidenció las limitaciones de la organización: tras el golpe militar, la organización propuso un plan de cinco puntos y nombró enviados especiales, pero fue incapaz de detener la represión y el deterioro político.

La repetición de este patrón de inacción erosiona no solo la capacidad de respuesta del bloque, sino también su legitimidad ante la opinión pública. Así, según la encuesta State of Southeast Asia 2025, el 35% de los ciudadanos de la región considera que la ASEAN es “demasiado lenta e ineficaz” para enfrentar desafíos urgentes, y corre el riesgo de tornarse irrelevante. Asimismo, algunos analistas la describen como una organización “meramente decorativa” cuando se trata de asuntos críticos.

Una crisis que desafía su existencia

Los recientes enfrentamientos entre Tailandia y Camboya vuelven a exponer los límites estructurales de la ASEAN. La falta de una respuesta efectiva abrió la puerta a la intervención de actores externos, como Estados Unidos y China. Mientras Washington condicionó eventuales acuerdos comerciales a un alto el fuego, Pekín aprovechó la oportunidad para proyectarse como un mediador responsable y ganar influencia diplomática en la región. Este avance de potencias extrarregionales refuerza la percepción de que la organización ya no es capaz de gestionar los conflictos entre sus propios miembros y pone en duda su legitimidad como plataforma de paz y seguridad en el Sudeste Asiático.

En este sentido, el conflicto Tailandia-Camboya no se trata únicamente de una disputa territorial. Como señalan algunos analistas, representa una prueba de la cohesión, la madurez institucional y la credibilidad política de la ASEAN. El principio de no injerencia ha impedido construir un marco jurídico común que permita actuar con eficacia en situaciones de crisis, lo que ha llevado a que algunos gobiernos, como el de Malasia, comiencen a cuestionar abiertamente estos principios. Así, el problema radica en un diseño institucional que, sin una reforma, amenaza con volver irrelevante al bloque. La ASEAN debe actuar o corre el riesgo de reducirse a una organización incapaz de cumplir su función principal en los momentos que más importan.